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En la semana del 10 de mayo.... 2010


Por amor a la verdad, o al menos por miedo al ridículo, es importante revisar los mitos entrañables que pasamos de generación a generación y que sostienen nuestra cultura.


Esta reflexión es pertinente hoy, porque estamos en la semana de dos grandes mitos. Primero el de una maternidad exaltada anualmente sin que nadie caiga en cuenta de que al sumarnos al paroxismo del 10 de mayo somos comparsa de las facciones más reaccionarias de México,
que con esta celebración acallaron hace ya muchos años las demandas fundamentales de mujeres y que hoy aprovechan la celebración para afianzar una agenda igualmente recalcitrante.

Se celebra la maternidad, pero no la maternidad elegida sino la maternidad a ultranza; la maternidad prolífica por encima de la planeada. Se la exalta hasta el punto de convertir el resto de logros y decisiones de la mujer en asuntos menores; y por supuesto, se aprovecha la fiesta para silenciar la demanda del derecho a abortar. El diez de mayo sirve para anatematizar a quienes sostenemos que este derecho debe ser universal; sin necesidad de fabricar excusas para tener acceso a él.

Concebir la maternidad como realización central y definitiva de las mujeres, impide también exponer y buscar remedios al hecho de que no todas las madres tienen la paciencia ni el gusto por criar infantes; que muchas no saben hacerlo; que golpean, gritan, humillan y lastiman a veces cruelmente a sus hijas e hijos. Posiblemente porque ellas no pudieron, no supieron o no tuvieron la oportunidad de desafiar el mandato social de ser madres.

Y la maternidad no es el único mito con el que debemos lidiar esta semana. El magisterio y la tarea magisterial reciben su buena dosis de prejuicios e históricas exageraciones.

Construidos en otras épocas, los mitos que rodean al magisterio lo señalan como responsable de todos los posibles éxitos de la nación, pero también de sus fracasos. La pobreza, la corrupción, la falta de participación, la democracia que no acaba de nacer, las crisis económicas, todo se origina supuestamente en la escuela, junto a los nulos hábitos de lectura y la falta de destreza matemática.

Pero la ciencia, la experiencia, el sentido común; todo dice que hemos exagerado. Que no hay argumentos que avalen el mítico papel determinante de las madres, las familias y las escuelas en la formación de valores, de actitudes y personalidades. Quizás en los remotos tiempos en que se gestaron estos mitos, la realidad parecía darles la razón, pero no más.

Hay cantidades de argumentos antropológicos, sociológicos, psicológicos e históricos que relativizan el supuesto papel determinante del entorno familiar en la educación de los adultos del mañana; y matizan tanto sus efectos positivos, como los negativos.

El ambiente que marca definitivamente a los niños, dicen los investigadores, es el de los compañeros de infancia. incluso los “padres tóxicos” —hipercríticos o consentidores, fríos o veleidosos, autoritarios o humilladores— difícilmente tendrán trascendencia en sus hijos; el daño quizás sea imperdonable, pero difícilmente irreparable. En cambio, las humillaciones sufridas y los liderazgos reconocidos entre compañeros de infancia y juventud, suelen acompañarnos toda la vida.

Los expertos reseñan sinfín de experimentos sobre el comportamiento de individuos y grupos, que llevan a sospechar que la supuesta importancia de la familia y la escuela sea sólo parte de un mito relativamente moderno al que nos aferramos con escasos fundamentos.

¿Qué ganamos perpetuando mitos y aferrándonos a creer en determinismos ingenuos? Nada positivo: narcotizamos nuestra capacidad de crítica, nuestra curiosidad, nuestro escepticismo. Sacralizamos realidades y las blindamos contra el cambio. Nadie se beneficia. Claramente en este caso, endiosar a maestras y maestros no es benéfico, pero menos aún lo es endiosar a las madres y a la maternidad.

Proclamar a todo pulmón que la maternidad es una sagrada bendición merecedora de una rosa en cada esquina y de una serie de discursos lacrimógenos, quita incluso la oportunidad de dedicar un día al año a exigir los servicios y seguridades de los que carecen tantas madres mexicanas: guarderías, pensión alimenticia, responsabilidad compartida y reconocimiento a su contribución social y económica.

El tono exaltado de la celebración no mejora las condiciones de las madres actuales, ni de las madres del futuro, ni los derechos básicos de las mujeres que hoy y mañana no quieran ser madres; o que no quieran serlo por encima de todo lo demás.